27 October 2006

Encuesta Bicentenario

Esfuerzo personal y papel del Estado
Ignacio Irarrázaval
De acuerdo con los resultados de la Encuesta Nacional Bicentenario UC-Adimark, dos de cada tres chilenos se inclinan por la afirmación "cada persona debería preocuparse y responsabilizarse por su propio bienestar", mientras que en el otro extremo sólo un tercio de la opinión pública estima que es papel del Estado proveer el bienestar a las personas. Aunque esta información muestra diferencias según nivel socioeconómico, ya que los sectores más acomodados privilegian la opción personal respecto de los menos acomodados, no puede desconocerse que, incluso en los sectores más pobres, el 58 por ciento está de acuerdo con la afirmación mencionada. Esta actitud se refuerza con un reconocimiento por parte de todos los estratos socioeconómicos respecto de las bondades de una retribución conforme al mérito en el trabajo. En efecto, el 68% de los encuestados opina que las personas que hacen bien su trabajo, en la misma función, deberían ganar más que las otras. Otra cifra que confirma esta sintonía es que el 61 por ciento de la población afirma que el trabajo "duro" es la mejor garantía para tener éxito en la vida.Sin embargo, esta actitud generalizada respecto del logro del bienestar personal se complementa también con un fuerte anhelo de igualdad social y mayor equidad para el país, opinión que tiene una alta frecuencia en todo el espectro socioeconómico. Lo interesante entonces de la Encuesta Bicentenario es que permite identificar que una amplia proporción de quienes privilegian el esfuerzo individual para el logro del bienestar son los mismos que, a su vez, desean una mayor equidad para la nación. De esta forma, el anhelo de equidad es un imperativo ético que permea a toda la sociedad, pero que se debe complementar con una fuerte dosis de esfuerzo de las personas. Este imperativo ético no se contrapone con la valoración del logro individual.El estudio también nos muestra un considerable nivel de optimismo en la ciudadanía respecto de progresar en diversas metas socioeconómicas. Más de la mitad de la población cree que de aquí al Bicentenario se habrá avanzado en aspectos tales como "ser un país desarrollado", "garantizar la atención de salud para la población" e incluso "resolver el problema de la calidad de la educación". Sin embargo, en el caso de "eliminar la pobreza" y "ofrecer igualdad de oportunidades", las frecuencias observadas son más bajas; es decir, en estos ámbitos no se observa ese grado de optimismo por parte de la ciudadanía. Nos debería preocupar que justamente dos elementos claves de cualquier política social sean mirados con mayor reserva y cautela por parte de los chilenos.Estos antecedentes son muy relevantes para reflexionar respecto de qué esperamos del Estado en relación con la provisión del bienestar social en nuestro país. En pocas palabras, los datos analizados hacen plausible un modelo de igualdad de oportunidades, en el cual las personas se responsabilizan de su propio bienestar a partir de condiciones básicas de equidad que se logran con la intervención del Estado, la sociedad civil y otros actores. Tres ideas iniciales en este sentido. En primer lugar, el Estado debe financiar o proveer ciertos bienes públicos que son básicos para tener un nivel de equidad social; por ejemplo, educación y salud. En segundo lugar, tal como se recoge en la encuesta, se requiere de una política social que reconozca y potencie el esfuerzo que día a día realizan muchas personas para lograr un mayor bienestar de sus familias. En otras palabras, el papel del Estado es crear, por una parte, oportunidades que generen efectivamente procesos de incentivos y movilidad social y, por otra, los ciudadanos tenemos el "deber" de aprovecharlas.Finalmente, más allá de garantizar derechos universales de carácter permanente, los cuales muchas veces ni siquiera se pueden exigir, se requiere de un sistema de protección a los riesgos de vulnerabilidad que son propios de economías abiertas como la chilena y de las familias que transitan en torno a la pobreza.

26 October 2006

Chile: contradicciones de un modelo “modelo”

por Paola Visca
La firma reciente de un tratado de libre comercio con China consolida a Chile como una de las economías más abiertas del mundo. La apertura ha sido una estrategia fundamental de Chile durante las últimas décadas y el país ha mostrado en muchos de esos años elevadas tasas de crecimiento. Sin embargo, es interesante analizar si esto es suficiente para convertirlo en un modelo a seguir.
La economía chilena es una de las más abiertas del mundo. Y esta característica se ha puesto una vez más sobre la mesa cuando a fines de agosto Chile firmara un nuevo Tratado de Libre Comercio (TLC) de notoria relevancia. El último socio es nada menos que China y, al dar este paso, Chile se ha convertido en el primer país occidental en firmar un TLC con el país asiático, que este año se ha convertido en la cuarta potencia mundial detrás de Estados Unidos, Alemania y Japón. Si bien la apertura comercial es un factor que en los últimos decenios ha caracterizado a la economía chilena, en este momento el ritmo al que el país andino celebra tratados comerciales es realmente vertiginoso.Pero el acuerdo firmado con Beijing no es importante solo porque se trata de un país que ha crecido a tasas de alrededor del 10 por ciento anual durante la última década o porque tiene un mercado potencial de 1.300 millones de habitantes. Es importante porque revela la persistencia del país andino en la creencia en la apertura comercial de su economía como su estrategia de largo plazo que conduce al desarrollo. En ese sentido, Chile ha firmado una seguidilla de acuerdos comerciales con países de las regiones más variadas del globo: Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea, países del sudeste asiático, además de los más cercanos socios regionales. Esto convierte a Chile en un país que tiene acuerdos comerciales con más de la mitad de la población del planeta.
Actualmente, luego de haber firmado el tratado con China, se encuentra negociando con India -otro país que ha mostrado gran dinamismo en los últimos años-, Vietnam y Japón.La apabullante apertura de la economía chilena data al menos de varias décadas. El país se ha preocupado de entablar relaciones comerciales con distintas naciones, no importando necesariamente la posición geográfica del potencial socio. Sin embargo, es lógico pensar que la mayor “afinidad” de Chile con los países asiáticos puede tener que ver con su ubicación en el continente americano. Chile es un país pequeño pero con muchos kilómetros de costa en el Pacífico y a la vez, separado del resto del continente por la monumental cordillera de los Andes, al este, y por el desierto, al norte. Esto, que podría considerarse una condición de relativo “aislamiento” regional, habría jugado al mismo tiempo a favor de la apertura hacia otras regiones, especialmente Asia. Sin ir más lejos, los vínculos entre Chile y China se remontan a 1970, cuando ambos países establecieron relaciones diplomáticas en un momento en que imperaba la política internacional de bloques. Chile continuó manteniendo relaciones con el país asiático aún luego del golpe de Estado del general Augusto Pinochet, dada la importancia de esa alianza.
Actualmente los lazos de Chile con China son tan fuertes que el país más poblado del mundo se ha convertido en el segundo socio comercial del país latinoamericano, luego de Estados Unidos. En 2005, el comercio bilateral entre ambas naciones fue notoriamente prolífico: Chile importó de China poco más de 2.500 millones de dólares, mientras exportó la suma de 4.500 millones, logrando un saldo comercial con el país asiático altamente positivo.Chile contó históricamente con sucesivos gobiernos que fueron fervientes partidarios de la apertura y liberalización. Transitó en los ochenta y noventa por un proceso de apertura unilateral, reduciendo aranceles y barreras al comercio. Esto fue acompañado de las típicas recetas del Consenso de Washington (privatizaciones, desregulación, flexibilización) que, al igual que en el resto de América Latina, tuvieron serios efectos adversos, especialmente en el ámbito social. En la década del noventa, la economía mostraba gran dinamismo, sin embargo, no solo no mejoró la distribución del ingreso (en 1998 el decil más pobre de la población se apropiaba del 1,2 por ciento de los ingresos, al igual que en 1987), sino que la capacidad de ese crecimiento para generar nuevos empleos era muy limitada, al tiempo que se observó aumento del peso relativo de los empleos precarios.La apertura y “buenas” tasas de crecimiento no significaron entonces mejoras en las condiciones de vida de la población.
Si bien a Chile se le reconocen similitudes respecto a los países europeos, todavía hay mucho para hacer en el terreno de la equidad. El año pasado este país fue elegido por el Foro Económico Mundial como el más competitivo de América Latina y el Caribe, y allí se subrayaban las virtudes de sus políticas macroeconómicas y la política fiscal. Este tipo de índices, medido por nivel tecnológico, calidad de las instituciones públicas y las condiciones macroeconómicas entre varios factores, no toma en cuenta otros aspectos clave del desarrollo, como indicadores de pobreza, educación, acceso a la seguridad social, a la salud o la propia distribución de la riqueza.Si bien la pobreza era en 2003 del 18,7 por ciento, a principios de los años setenta era de 19 por ciento, y en las décadas del ochenta y noventa alcanzó cifras alarmantes, como de 45 por ciento en 1987 y de 32,6 por ciento en 1992. Esto refleja que durante esas décadas del siglo pasado, la pobreza aumentó notoriamente, lejos de disminuir como los esquemas implantados auguraban.
La distribución del ingreso sigue siendo inequitativa, no solo respecto de países desarrollados, sino incluso de otros países de América Latina que no son presentados como “modelos a seguir” ni gozan de competitividad tan elevada en cuanto instituciones o política macroeconómica. Por ejemplo, países de menor competitividad que Chile, como Uruguay, México o Argentina, tienen mejores indicadores de equidad. Según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), en 2003 el 40 por ciento más pobre de la población chilena obtenía poco más del 13 por ciento de los ingresos, mientras que en Uruguay en 2002, ese 40 por ciento de la población se quedaba con más del 21 por ciento. El 40 por ciento de más bajos ingresos en México se apropiaba del más del 15 por ciento de los ingresos en 2004 y Argentina registraba en ese mismo año un 16 por ciento de los ingresos para aquel 40 por ciento más pobre de la población.Otra diferencia de peso respecto a los países europeos es que la economía chilena es bajamente industrializada. Esto se traduce en que sus exportaciones son en su mayoría del sector primario (principalmente minería, forestal y agrícola).
Según el Banco Central de Chile, en 2005 los productos alimenticios, materiales crudos, aceites, grasas y metales no ferrosos constituyen casi el 85 por ciento de las exportaciones del país. Por lo tanto, la economía termina dependiendo de los precios internacionales de los productos exportados, tal como sucede en casi todos los demás países de América Latina. En el caso de Chile se acentúa por la alta proporción del cobre en sus exportaciones. En los últimos años dicho precio se mantuvo en buenos niveles, lo que permitió al país gozar de saludables indicadores económicos. Esto deja planteada la incertidumbre sobre hasta qué punto la performance de la economía chilena no se debe a esta bonanza en la demanda y en los precios del cobre. Es inevitable preguntarse qué pasará cuando el precio del mineral disminuya o simplemente se agoten las reservas.El 92 por ciento de los productos chilenos entrarán al gigante asiático con arancel cero, mientras 50 por ciento de los chinos entrarán a Chile en la misma condición. Los chilenos esperan que el tratado firmado con China les reporte fuertes inversiones, principalmente en sectores como el minero, el energético y la agricultura, consolidando el perfil primario exportador del país. Pero además, la composición del comercio bilateral es muy distinta.
Si observamos los principales artículos incluidos en la lista de bienes con destino a China encontramos cobre, hierro, vino, frutas, salmón, además de celulosa, productos forestales, agrícolas y ganaderos. La mayoría de estos productos ya eran exportados al país asiático y sus cantidades se verán incrementadas a partir de la entrada en vigencia del acuerdo. Como puede apreciarse, el valor agregado en estos productos es muy bajo. Pero lo opuesto sucede con la nómina de los productos que los chilenos compran a China: artículos electrónicos, maquinarias y automóviles encabezan la lista.Mientras el gobierno argumenta sobre los beneficios de la firma del tratado, sosteniendo entre otras cosas que Chile se convertirá en puerta de entrada para las inversiones asiáticas en toda América Latina, no todos lo ven con ojos tan positivos para las naciones vecinas. Algunos analistas dicen que el acuerdo perjudicará, por ejemplo, a Argentina y Brasil, quienes actualmente colocan ciertos artículos industriales en el país y quedarán desplazados ante la competencia china de menores costos.El TLC con China entra en vigencia en octubre de 2006, en una coyuntura donde recientes informes alertan sobre el desaceleramiento de la economía chilena.
Algunos afirman que el agotamiento de ciertos sectores productivos están generando dicho enlentecimiento mientras otros señalan a la baja en la inversión como el principal problema. El senador socialista Carlos Ominami sostuvo recientemente que hay problemas microeconómicos en la educación, la innovación y el agotamiento de ciertos sectores productivos que están “generando este crecimiento más bajo que el crecimiento potencial de la economía chilena”. Mientras la senadora opositora Evelyn Matthei enfatizó que la inversión entre marzo y junio de este año fue de 2,8 por ciento, lejos del 26,5 por ciento de igual período del 2005.Habrá que esperar para ver si ese enlentecimiento de la economía es solo coyuntural y se recupera rápidamente con la inversión esperada, o si tiene detrás causas más profundas que no se solucionan solo con mayor apertura.

Algunas razones por las que la educación ya no es tan eficaz como ascensor social


por Jose Rodriguez


Una de las principales razones por las que los padres de los que nacimos después del 1970 nos decían “chaval estudia” es porque ellos querían para nosotros un futuro mejor que el que ellos tenían, consideraban, y con razón para su época, que la posesión de un título de secundaria y mucho mejor si era universitario era una buena llave para acceder a un buen puesto de trabajo, bien remunerado y con altas responsabilidad.
Pero hoy en dia, esto no es así, tener un título de secundaria es algo muy común y que no abre casi ninguna puerta (mas que para acceder a otra formación como la profesional de grado superior o la universitaria) y tener un título universitario algo que es bastante frecuente y que no te garantiza ningún puesto directivo, ni de mando, y casi ni siquiera un puesto técnico o cualificado.
Hay algunos motivos de tipo general que explican ello,
y otros de carácter político.
Pero aún hay un par de aspectos mas sociológicos en la óptica de Bourdieu y de capitales en juego en los campos sociales.
En la época en la que nuestros padres se educaron ellos eran enclasados de jóvenes por el tipo de formación, entre otras cosas, que recibían, los mas afortunados de las clases trabajadoras iban a las academias de secundaria y a las escuelas de oficios donde podrían aspirar a llegar a peritos en el mejor de los casos en una carrera meritoria pero también de enclasamiento de las propias clases trabajadoras (era mas fácil llegar a ser perito su los padres eran oficiales de primera o encargados de unas oficinas que si eran peones). En cambio los hijos de las clases altas estudiaban en la “universidad” donde se estudiaban las carreras “serias” como el derecho, la filosofía, la economía, la física, las filologías, etc... Era el enclasamiento de estudiar una carrera con una utilidad profesional inmediata menor (como los “grandes” corpus doctrinales académicos) o unos estudios de aplicación inmediata, por muy cualificados que fueran.
Actualmente, y gracias a una extensión del sistema universitario, el acceso a estos estudios se ha generalizado de tal manera que yo mismo, hijo de un mecánico, oficial de primera, he podido sacarme una licenciatura en Física, un DEA en sociología y voy a por el doctorado. Pero eso no es indicativo de mi estatus social ni me sirve, ni a mí, ni a nadie, para acceder a un puesto de dirección. Y es que las clases populares han accedido al llamado “capital cultural” o mejor dicho “capital educativo”, gracias al Estado del Bienestar.
Pero el valor social del título universitario se ha hundido. No solo porque hoy en día hay mas oferta de licenciados que antes, que también, los puestos de directivos no han crecido tanto como el número de licenciados que potenciálmente estan formados para poder acceder. Es un desajuste entre la oferta y la demanda. También hay que incluir los efectos del “capital social” de un título. El capital social de un título es proporcional al “valor social” de los individuos que lo poseen y a su exclusividad. Los títulos de “lord” son preciados porque quienes lo poseen son personas de gran relevancia pública y son unos pocos escogidos quienes lo tienen. Los títulos de Licenciado de Derecho, son poco cotizados sociálmente, los tiene el hijo de un paleta y el hijo del directivo del banco, pero este último no puede compensar la “vulgarización” de ese título. Hace unos años el título universitario no solo servía para certificar unos estudios sino el acceso a un club selecto que enclasaba dentro de la clase dirigente.
Si nos fijamos, hoy en día los títulos universitarios ya no son el garante de estos puestos de dirección, ¿cuales son?, las escuelas de negocio de gran prestigio como IESE o ESADE. Estas son las puertas mas evidentes, de hoy en día, al acceso a cargos directivos. Carísimas escuelas de negocios que disuaden a la inmensa mayoría de personas que no se encuentran de partida en la clase dirigente y con el capital económico para pagárselas, y que algunas de ellas requieren “recomendaciones de ex-alumnos” al mas puro estilo de las “Elite School” anglosajonas. Son estas instituciones donde se reproducen las relaciones de poder, donde se “heredera” y se transmite ese capital social de forma ritualizada. Porque estas escuelas de negocios a parte de ofrecer una buena formación (buena formación que tambien dan las facultades en postgrados o se puede aprender en la gestión de la empresa privada o en la gestión pública, y ya que estamos intentando tirar para adelante un proyecto de autoempleo), ofrecen algo mas.
Es la red de contactos sociales, el capital social necesario para poder acceder a los puestos directivos, el enclasamiento necesario que rompe la cadena de escala social. Porque ya sabemos que
el mejor predictor para la prosperidad de una persona es la clase social de los padres. Este capital social al que las clases altas acceden y ritualizan su transmisión via las escuelas de negocios, es la forma de justificar que se ayudan entre ellos. Ni siquiera son conscientes, y si lo son, no lo reconocerían, pero las clases altas se ayudan entre ellas, refuerzan su posición y convierten la escalera social en algo bastante desigual y donde influye mas la posición paterna que los méritos y esfuerzos personales. Pero sociálmente no es aceptable que se contrate a alguien por ser hijo de, queda mas aceptable contratar a un directivo por tener un ESADE en lugar de a otro que “tan solo” tiene 3 postgrados de dirección de empresa de la UB, de la UAB y de la UPF y además ha montado su propio proyecto de microempresa con éxito.
El papel que ejercían las universidades y por tanto la alta educación académica como mecanismo de escala social para acceder a los puestos mas altos se ha roto, de hecho nunca fue tal, era una falacia simbólica para justificar la reproducción de las relaciones de poder a la que servía la universidad. Hoy en día las clases populares compartimos el mismo capital cultural, o al menos tenemos mayores posibilidades de acceder a ese capital cultural, pero sigue existiendo el bloqueo para acceder a ese capital social. Tenemos títulos culturalmente igual de válidos que antes, lo que en términos de capital social se han devaluado. No es que hoy en dia los licenciados seamos mas tontos que hace 30 años, es que hay nuevos mecanismos para justificar simbólicamente las relaciones de poder.
Curiosamente, por ejemplo, Catalunya, tiene un gran número de empresarios, directivos y mandos sin titulación universitaria, en un número que supera con creces la media europea de directivos y mandos sin titulación. En cambio tiene unos grandes índices de subocupación, o sea gente que trabaja en puestos para los que está sobretitulado. Aunque tener un papel universitario no garantiza que el que lo tiene sea una persona válida (hay personas sin títulos universitarios que son mas brillantes que la mayoria de titulados y al reves, hay titulados que son unos analfabetos que solo saben resolver exámenes) al menos fuerza a la reflexión.

25 October 2006

DERECHOS HUMANOS:

Verdades distantes y una pena observada.

Néstor Morales T. (*)

El proceso de reconstrucción de la democracia en Chile no ha sido fácil. Qué duda cabe, volver a tomar las riendas de un pueblo lacerado por la pobreza, la deprivación cultural y social, torturado por sus propios hijos y, como ocurrió en muchas familias comunes y sencillas –como la suya o la mía- muchos de sus parientes fueron bruscamente hechos desaparecer, lo que a la larga arroja como resultado un proceso de lenta y engorrosa salida.

El Estado de Chile ha impulsado enormes esfuerzos por llevar adelante un proceso de regeneración de confianzas en la ley, en los administradores de la justicia, en los representantes del pueblo, etc., a través de políticas públicas de investigación, distribución de justicia y reparación social a quienes fueron las principales víctimas del episodio doloroso más reciente de la historia patria.

Entre estas tareas es que ha estado la de indagar en el paradero, reconstituir los hechos, identificar cuerpos y determinar responsabilidades relacionadas a violaciones a los derechos humanos, sean estos ejecutados, torturados y principalmente de los detenidos desaparecidos por la dictadura militar.

No ha sido fácil, como decía, sacar adelante procesos judiciales en los que la principal ausente es la prueba de lo que ocurrió, el paradero de las víctimas, en definitiva, los hechos y sus cuerpos.

En ese ámbito es que las causas más emblemáticas aparecen una y otra vez recordándonos nuestros errores, nuestras falencias como Estado, país y ciudadanía al enfrentar esta temática. Si bien es cierto, la desidia nunca ha sido una alternativa para quienes han sido parte de esta labor, tampoco podemos decir que no ha existido miedo y es que el dolor causado, la certeza de la fragilidad de la vida, de la seguridad, de la importancia de garantizar los derechos de las personas ha sido el principal bien protegido, por él es que se ha sacrificado buena parte de la justa revancha contra los victimarios, por el justo temor que siente una madre ante el peligro para sus hijos es que las más de las veces antes de abalanzarnos con justicia frente a quienes creemos victimarios hemos preferido escuchar la verdad, toda la verdad de lo que a estos hijos de Chile les ocurrió.

Es cierto. Muchas veces quisiéramos resolver todas nuestras angustias con un golpe de magia, pero a poco andar, la razón nos inspira para seguir luchando, a sabiendas que ese camino que elegimos de verdad, justicia y reconciliación es más largo e intrincado que la revancha, pero que es la única vía hacia la paz social y mejores estadios de humanidad para nuestro país.

Y es que el primer compromiso de quienes habitamos en las izquierdas es el de nos ser parte de la represión de los derechos humanos incluso de los agresores, qué profunda convicción democrática nos debe asistir cada vez que vemos caminar por las calles a alguno de tantos violadores de los derechos humanos. Es firme convicción, ese ánimo de paz es el principal sustento de nuestros avances como sociedad y Estado democrático.

Una pregunta nos impone la actualidad: dónde están, y quiénes son nuestros caídos. De esta pregunta se ha hecho escarnio durante este año, han habido errores, cuestionamientos a las pruebas realizadas y no pocas instituciones las que han sido puestas en juicio por su actuar tanto antes como después de la vuelta a la democracia.

La evidencia científica que han aportado desde el inicio de esta nueva crisis en los casos de DDHH, a través de la creación de la Comisión presidencial para los casos de Violaciones de DDHH que preside María Luisa Sepúlveda, los cambios al interior del Servicio Médico Legal, las distintas investigaciones que se han llevado adelante al respecto, la venida de un Panel de Expertos en Identificación Humana de prestigio mundial han arrojado un status de calma, pero por sobre todo de paciencia en un problema que para muchos no tiene solución sino el falaz olvido y el cierre de un plumazo de todos los sucesos dolorosos.

El Gobierno y las izquierdas hemos sido enfáticos al afirmar que el dolor no se cura por decreto ni con actos de constricción, el dolor es vivo, posee una fuerza que muchas veces permite vivir, claro, para mitigarlo y sólo nos abandona en la alegría y la conformidad cuando logramos obtener cuotas altas de verdad y justicia. Es por eso que el avance vertiginoso en las investigaciones científicas hoy, en DDHH son una prueba que revive fantasmas, heridas pero que son necesarias por la principal bandera de lucha de quienes optan por la defensa de los derechos de las personas y esta es la verdad. Sí, la verdad a toda prueba, nunca restringir la verdad por la medida de lo posible o por la “quietud” de los poderes fácticos.

El compromiso de la ciencia debe estar con la mayor humanidad, aportando la vanguardia del conocimiento para averiguar datos ciertos, como también para decirnos cuánto de verdad la misma ciencia hoy, en su actual estado del arte, nos puede entregar. Esa también es una verdad sana, transparente, de esas que no temen ni que deben esconderse pues el único desconsuelo es permanecer en la ignorancia, en la incertidumbre. Eso es lo que propicia el olvido, esa es la tarea nuestra, ala de los defensores de los DDHH, a no olvidar y tomar la verdad siempre con la certeza que sea, sin mediar en qué lo que nos dicen las pruebas sean parte de lo que anhelamos o la certidumbre de no poder avanzar mucho más en la identificación de nuestros desaparecidos.

Hoy, cuando la primavera se instala en Santiago en gloria y majestad, recorro una vez más, como ha sido el sino de este frío año el Patio 29, entre las negras cruces de metal que me recuerdan los cementerios de las salitreras del norte grande, sin el polvo pero sí la misma soledad, pienso en la vida y muerte de los más 1.30º desparecidos, en los que desparecieron siendo ya anónimos en sus vidas, en aquellas madres, adolescentes, trabajadores y hombres de acción como Bautista Von Shouwen de quien nunca hallaremos su cuerpo y que como el polvo del norte, danza en la soledad de muerte trayéndome, como las esporas de la primavera la misma pregunta que insiste, que no se cansa, que tiene vida: ¿Dónde están?.


(*) Director Pública ONG

24 October 2006

Identidad nacional y globalización

Roberto González G., Doctor en Psicología Social Académico Escuela de Psicología UC

No debemos confundir el profundo sentimiento positivo hacia la nación, el patriotismo, con la tendencia a creernos superiores y desacreditar a los países vecinos que confiere el nacionalismo.

Como se ha demostrado en numerosas investigaciones, las personas buscamos pertenecer a grupos que nos provean de elementos positivos, que nos distingan y nos hagan sentir bien, tanto en el plano personal como colectivo. La identidad nacional es un aspecto esencial no sólo para los chilenos; también para los ciudadanos de todas las naciones del mundo. Sin embargo, hay que distinguir dos dimensiones que la constituyen y que marcan rumbos completamente diferentes. Por un lado, el patriotismo, que representa el sustrato emocional, la adhesión más básica de apoyo y admiración por la nación y que no supone la superioridad frente a otros países. El nacionalismo, en cambio, implica dicha superioridad y normalmente predice actitudes negativas tales como el prejuicio, la discriminación y el rechazo de miembros de otros países y grupos minoritarios.Los resultados de la Encuesta Nacional Bicentenario UC-Adimark son consistentes con los hallazgos nacionales e internacionales que revelan la alta valoración que representa la patria y sus derivados simbólicos y objetivos. No nos debe llamar entonces la atención el alto porcentaje de chilenos que valoran el patrimonio cultural e histórico o que identifican a Chile como el mejor país para vivir en América Latina. Esto no significa, sin embargo, que estos resultados sean atribuibles exclusivamente al alto nivel de patriotismo de los chilenos. Sin duda, este sentimiento de orgullo patrio también puede estar impregnado por las importantes transformaciones culturales, sociales, económicas y políticas que ha experimentado Chile en las últimas décadas, y que han llevado a nuestro país a ocupar un sitial destacado en la región. Estos elementos positivos del desarrollo del país activan justamente la comparación social con países vecinos. Y cuando nos comparamos con "otros" en dimensiones que favorecen a nuestro país, se produce una fuerte tendencia a diferenciarnos positivamente, con el consiguiente aumento de nuestro orgullo nacional.Cabe destacar, sin embargo, que el fenómeno del orgullo nacional varió significativamente por edad y nivel socioeconómico, siendo los grupos más modestos y las personas de mayor edad quienes presentan la mayor proporción de adhesión patriótica. Los jóvenes, y especialmente los de mayores recursos económicos, se muestran menos entusiastas a la hora de indicar su patriotismo, aun cuando éste es objetivamente alto. Creo que esta diferencia obedece a un tema esencialmente de expectativas y experiencias de contacto con otras culturas, fenómeno asociado a los altos niveles educacionales alcanzados por estos grupos. Es justamente en este segmento donde se observa una fuerte disposición a vivir y trabajar en cualquier país si se ofrecen buenas oportunidades.Algunos podrán sospechar una posible tensión entre patriotismo y globalización, que en el mediano plazo podría atentar contra la identidad nacional. Sin embargo, la tesis de que la globalización puede amenazar la identidad nacional parece conceptual y empíricamente difícil de sostener. Es más, la mantención de una identidad nacional y la globalización son perfectamente compatibles, y van en la línea del llamado concepto de identidades múltiples, que reafirma el valor de mantener y fomentar la diversidad cultural sin amenazar la propia identidad. Bajo este patrón, está la necesidad de lograr distintividad, la tendencia psicológica natural de las personas a mantener identidades lo suficientemente diferenciadas. Cuando la identidad se ve amenazada, normalmente se activan mecanismos de restauración por la vía de la comparación social, la movilidad y, en casos extremos, del conflicto. La globalización es perfectamente compatible con el patriotismo cuando existe un sustrato identitario nacional sólido que protege a los individuos de una pérdida de identidad. En estos términos, es posible sentirnos orgullosos de ser chilenos y al mismo tiempo valorar o reconocer la importancia de nuestras raíces latinoamericanas: mantener, por ejemplo, un sano orgullo por nuestra tradición republicana, pero maravillarnos al mismo tiempo por los siglos de civilización incaica.No debemos confundir el profundo sentimiento positivo hacia la nación, el patriotismo, con la tendencia a creernos superiores y desacreditar a los países vecinos que confiere el nacionalismo.

VOTO ONU

LA TERCERA 18 Octubre 2006

Señor Director:

Sabido es urbe et orbi: la abstención es un método de NO pro-creación.

Néstor Morales T.
Pública ONG

VOTO de Chile en ONU

EL MERCURIO 18 OCTUBRE 2006
Señor director:

La abstención, una falaz justificación del inmovilismo racional y político para muchos pasó a ser un símbolo de Estado; sin embargo, para muchos de nosotros, ciudadanos comunes, sigue rondándonos en la cabeza como el zumbido de moscardones que no dejan pensar en paz. Qué bueno es recordar entonces al viejo Kant, que me imagino en presencia de situaciones como ésta, dejaría a un lado la compostura y murmuraría como un mantra, mas sin movérsele un pelo o un ojal: Sapere aude. Lo razonable también exige cuotas de arrojo y decisión.

Néstor Morales T.
Pública ONG