25 October 2006

DERECHOS HUMANOS:

Verdades distantes y una pena observada.

Néstor Morales T. (*)

El proceso de reconstrucción de la democracia en Chile no ha sido fácil. Qué duda cabe, volver a tomar las riendas de un pueblo lacerado por la pobreza, la deprivación cultural y social, torturado por sus propios hijos y, como ocurrió en muchas familias comunes y sencillas –como la suya o la mía- muchos de sus parientes fueron bruscamente hechos desaparecer, lo que a la larga arroja como resultado un proceso de lenta y engorrosa salida.

El Estado de Chile ha impulsado enormes esfuerzos por llevar adelante un proceso de regeneración de confianzas en la ley, en los administradores de la justicia, en los representantes del pueblo, etc., a través de políticas públicas de investigación, distribución de justicia y reparación social a quienes fueron las principales víctimas del episodio doloroso más reciente de la historia patria.

Entre estas tareas es que ha estado la de indagar en el paradero, reconstituir los hechos, identificar cuerpos y determinar responsabilidades relacionadas a violaciones a los derechos humanos, sean estos ejecutados, torturados y principalmente de los detenidos desaparecidos por la dictadura militar.

No ha sido fácil, como decía, sacar adelante procesos judiciales en los que la principal ausente es la prueba de lo que ocurrió, el paradero de las víctimas, en definitiva, los hechos y sus cuerpos.

En ese ámbito es que las causas más emblemáticas aparecen una y otra vez recordándonos nuestros errores, nuestras falencias como Estado, país y ciudadanía al enfrentar esta temática. Si bien es cierto, la desidia nunca ha sido una alternativa para quienes han sido parte de esta labor, tampoco podemos decir que no ha existido miedo y es que el dolor causado, la certeza de la fragilidad de la vida, de la seguridad, de la importancia de garantizar los derechos de las personas ha sido el principal bien protegido, por él es que se ha sacrificado buena parte de la justa revancha contra los victimarios, por el justo temor que siente una madre ante el peligro para sus hijos es que las más de las veces antes de abalanzarnos con justicia frente a quienes creemos victimarios hemos preferido escuchar la verdad, toda la verdad de lo que a estos hijos de Chile les ocurrió.

Es cierto. Muchas veces quisiéramos resolver todas nuestras angustias con un golpe de magia, pero a poco andar, la razón nos inspira para seguir luchando, a sabiendas que ese camino que elegimos de verdad, justicia y reconciliación es más largo e intrincado que la revancha, pero que es la única vía hacia la paz social y mejores estadios de humanidad para nuestro país.

Y es que el primer compromiso de quienes habitamos en las izquierdas es el de nos ser parte de la represión de los derechos humanos incluso de los agresores, qué profunda convicción democrática nos debe asistir cada vez que vemos caminar por las calles a alguno de tantos violadores de los derechos humanos. Es firme convicción, ese ánimo de paz es el principal sustento de nuestros avances como sociedad y Estado democrático.

Una pregunta nos impone la actualidad: dónde están, y quiénes son nuestros caídos. De esta pregunta se ha hecho escarnio durante este año, han habido errores, cuestionamientos a las pruebas realizadas y no pocas instituciones las que han sido puestas en juicio por su actuar tanto antes como después de la vuelta a la democracia.

La evidencia científica que han aportado desde el inicio de esta nueva crisis en los casos de DDHH, a través de la creación de la Comisión presidencial para los casos de Violaciones de DDHH que preside María Luisa Sepúlveda, los cambios al interior del Servicio Médico Legal, las distintas investigaciones que se han llevado adelante al respecto, la venida de un Panel de Expertos en Identificación Humana de prestigio mundial han arrojado un status de calma, pero por sobre todo de paciencia en un problema que para muchos no tiene solución sino el falaz olvido y el cierre de un plumazo de todos los sucesos dolorosos.

El Gobierno y las izquierdas hemos sido enfáticos al afirmar que el dolor no se cura por decreto ni con actos de constricción, el dolor es vivo, posee una fuerza que muchas veces permite vivir, claro, para mitigarlo y sólo nos abandona en la alegría y la conformidad cuando logramos obtener cuotas altas de verdad y justicia. Es por eso que el avance vertiginoso en las investigaciones científicas hoy, en DDHH son una prueba que revive fantasmas, heridas pero que son necesarias por la principal bandera de lucha de quienes optan por la defensa de los derechos de las personas y esta es la verdad. Sí, la verdad a toda prueba, nunca restringir la verdad por la medida de lo posible o por la “quietud” de los poderes fácticos.

El compromiso de la ciencia debe estar con la mayor humanidad, aportando la vanguardia del conocimiento para averiguar datos ciertos, como también para decirnos cuánto de verdad la misma ciencia hoy, en su actual estado del arte, nos puede entregar. Esa también es una verdad sana, transparente, de esas que no temen ni que deben esconderse pues el único desconsuelo es permanecer en la ignorancia, en la incertidumbre. Eso es lo que propicia el olvido, esa es la tarea nuestra, ala de los defensores de los DDHH, a no olvidar y tomar la verdad siempre con la certeza que sea, sin mediar en qué lo que nos dicen las pruebas sean parte de lo que anhelamos o la certidumbre de no poder avanzar mucho más en la identificación de nuestros desaparecidos.

Hoy, cuando la primavera se instala en Santiago en gloria y majestad, recorro una vez más, como ha sido el sino de este frío año el Patio 29, entre las negras cruces de metal que me recuerdan los cementerios de las salitreras del norte grande, sin el polvo pero sí la misma soledad, pienso en la vida y muerte de los más 1.30º desparecidos, en los que desparecieron siendo ya anónimos en sus vidas, en aquellas madres, adolescentes, trabajadores y hombres de acción como Bautista Von Shouwen de quien nunca hallaremos su cuerpo y que como el polvo del norte, danza en la soledad de muerte trayéndome, como las esporas de la primavera la misma pregunta que insiste, que no se cansa, que tiene vida: ¿Dónde están?.


(*) Director Pública ONG

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