Hojas en la Ruta
Néstor Morales T. (*)
Dos de mis libros favoritos: “Hojas de Hierba” de Walt Whitman y “En la Ruta” de Jack Kerouac han sido fieles compañeros –quien lo diría- también en la política. El primero, a través de la ensoñación, del argumento heroico de la vida, la contemplación de las cosas importantes y la objetivización de lo fundamental a través de la imaginación poética; el segundo, como reza su título, es la estimulación del Bee-Bop, el jazz hiperkinético que te exige actuar, llevar a la praxis a veces sin medir dos o tres pasos siguientes y sólo hacer por hacer, lo que en situaciones de precariedad, como la política de partidos que nos ha tocado vivir a esta generación, suele ser recurrente.
Así, armado de sueños y swing acelerado es que partimos la mayoría de nosotros trabajando en política, los fines, nunca están del todo claros sólo tenemos excusas para dar rienda suelta a la necesidad compulsiva de creación, de solidaridad o de lucha por los derechos importantes para las personas.
Desde la izquierda es que interpretamos el ritmo de las cosas, es ahí donde las armonías y los adjetivos colaboran con la estructuración de los sueños o la metodización de simples sonidos; y es que la política no puede vivir de solistas, ningún hombre es una isla dijo alguna vez Aristóteles y repitió algo confundido Bon Jovi, hacer en política es la construcción de un sueño poético y de acción, pero un sueño colectivo. Es en el colectivo donde se ejerce el liderazgo, donde se aprende el valor más importante para la vida en común que es el diálogo, con él es que se logran acuerdos y disensos; ideas innovadoras, se desechan las conductas egoístas y prima, por cierto el buen argumento antes que los “armamentos”. En la construcción del diálogo, por fin, se justifica buena parte de esa música que deseamos escuchar.
Entre diálogo e Izquierda existe, siento, un mediador clave, este es el valor de la igualdad. Sí, no se trata de un concepto demodé ni nada parecido, por el contrario, sigue siendo, como para Norberto Bobbio lo fue, la Estrella Polar de un sistema de izquierdas democrático y libertario, pues a fin de cuentas cuando hablamos de derechos para las personas, de valores, de oportunidades es que volvemos una y otra vez sobre el valor de la igualdad que, como todo valor no se aprende por decreto exento ni programa de gobierno, sino que se degusta, a la manera que lo planteara la maestra Adela Cortina, como sabe en el paladar un buen vino, un helado o un beso.
Asimismo, siento, ocurre con la libertad que en síntesis podemos decir que es contra uno o a favor de uno. Sí, porque puede ser leída como un derecho para ejercer contra aquel que quiere reprimir una cuota o el conjunto de libertades que la ley garantiza; o también como el principio “para ejercer la vida” como he dicho en otra parte (“Liberalis”) que, situación interpretada de lo que planteara Isaiah Berlin no se trata de negativos ni positivos sino de potencialidades y no mero flujo de shock eléctrico. La libertad es, con un tufillo hegeliano, el papel en blanco en el que escribimos nuestra propia historia.
A estas alturas, la pregunta cae de cajón: ¿Bueno, esto para qué? Siento que escribimos para existir un poco, para ratificar nuestra existencia a través de actos materiales. Asimismo, cuando hablamos de un tema en particular, ratificamos un poco nuestra presencia en esos mismos temas. La política para mí, es una forma de vivir un poco, un latido quedo pero persistente o perseguidor conmigo mismo, del que no se puede huir pues simplemente aparece y hay que saber darle curso, como a los memorando y los café cortado del centro de Santiago, ya que está ahí, debemos, debo vivirla.
El pequeño mensaje de estas palabras es para encender el motor de una maquinita por Chile, un país que ya no se cree de un color o de otro, que no sabe de empanadas y vino tinto, que no espera de nosotros escuela pública o Estado Docente, menos industrialización por sustitución de importaciones ni otras hierbas, pero que está ahí, esperando por algo, por alguien. Decir que sólo espera por nosotras, nosotros es de suyo imprudente y ególatra, pero sí es preciso indicar que además de otras cosas y otras personas, también por nosotros y nosotras, espera.
El desafío está en la creación de políticas públicas eficiente, con efectos que sean tangibles sobre todo para los más cadenciados en cada una de las esferas de la vida en sociedad. La utilidad de un programa o de una inyección presupuestaria debe verse enterada en la medición de índices de satisfacción ciudadana. Coeficientes más, curvas de estandarización menos, todos buscamos lo mismo: un mejor pasar por la vida que intentamos construir. Ahí radica nuestra capacidad inventiva de inventarnos y reinventarnos, al menos a eso es lo que a mí la política me incentiva.
Ese es el sentimiento que genera la actividad pública de quienes buscan en la política partidista la vía para enfrentar los problemas país. Esa es, por fin, el ánimo de incentivar a crear en forma integral desde la imaginación a la praxis, pasando por todas las estaciones y procesos necesarios para dar soluciones firmes y sensatas al tiempo de ir construyendo una mejor manera de vivir la vida en el colectivo pues, como decía más arriba y citando ya no sé si Aristóteles o Bon Jovi, ningún hombre es una isla.
Dos de mis libros favoritos: “Hojas de Hierba” de Walt Whitman y “En la Ruta” de Jack Kerouac han sido fieles compañeros –quien lo diría- también en la política. El primero, a través de la ensoñación, del argumento heroico de la vida, la contemplación de las cosas importantes y la objetivización de lo fundamental a través de la imaginación poética; el segundo, como reza su título, es la estimulación del Bee-Bop, el jazz hiperkinético que te exige actuar, llevar a la praxis a veces sin medir dos o tres pasos siguientes y sólo hacer por hacer, lo que en situaciones de precariedad, como la política de partidos que nos ha tocado vivir a esta generación, suele ser recurrente.
Así, armado de sueños y swing acelerado es que partimos la mayoría de nosotros trabajando en política, los fines, nunca están del todo claros sólo tenemos excusas para dar rienda suelta a la necesidad compulsiva de creación, de solidaridad o de lucha por los derechos importantes para las personas.
Desde la izquierda es que interpretamos el ritmo de las cosas, es ahí donde las armonías y los adjetivos colaboran con la estructuración de los sueños o la metodización de simples sonidos; y es que la política no puede vivir de solistas, ningún hombre es una isla dijo alguna vez Aristóteles y repitió algo confundido Bon Jovi, hacer en política es la construcción de un sueño poético y de acción, pero un sueño colectivo. Es en el colectivo donde se ejerce el liderazgo, donde se aprende el valor más importante para la vida en común que es el diálogo, con él es que se logran acuerdos y disensos; ideas innovadoras, se desechan las conductas egoístas y prima, por cierto el buen argumento antes que los “armamentos”. En la construcción del diálogo, por fin, se justifica buena parte de esa música que deseamos escuchar.
Entre diálogo e Izquierda existe, siento, un mediador clave, este es el valor de la igualdad. Sí, no se trata de un concepto demodé ni nada parecido, por el contrario, sigue siendo, como para Norberto Bobbio lo fue, la Estrella Polar de un sistema de izquierdas democrático y libertario, pues a fin de cuentas cuando hablamos de derechos para las personas, de valores, de oportunidades es que volvemos una y otra vez sobre el valor de la igualdad que, como todo valor no se aprende por decreto exento ni programa de gobierno, sino que se degusta, a la manera que lo planteara la maestra Adela Cortina, como sabe en el paladar un buen vino, un helado o un beso.
Asimismo, siento, ocurre con la libertad que en síntesis podemos decir que es contra uno o a favor de uno. Sí, porque puede ser leída como un derecho para ejercer contra aquel que quiere reprimir una cuota o el conjunto de libertades que la ley garantiza; o también como el principio “para ejercer la vida” como he dicho en otra parte (“Liberalis”) que, situación interpretada de lo que planteara Isaiah Berlin no se trata de negativos ni positivos sino de potencialidades y no mero flujo de shock eléctrico. La libertad es, con un tufillo hegeliano, el papel en blanco en el que escribimos nuestra propia historia.
A estas alturas, la pregunta cae de cajón: ¿Bueno, esto para qué? Siento que escribimos para existir un poco, para ratificar nuestra existencia a través de actos materiales. Asimismo, cuando hablamos de un tema en particular, ratificamos un poco nuestra presencia en esos mismos temas. La política para mí, es una forma de vivir un poco, un latido quedo pero persistente o perseguidor conmigo mismo, del que no se puede huir pues simplemente aparece y hay que saber darle curso, como a los memorando y los café cortado del centro de Santiago, ya que está ahí, debemos, debo vivirla.
El pequeño mensaje de estas palabras es para encender el motor de una maquinita por Chile, un país que ya no se cree de un color o de otro, que no sabe de empanadas y vino tinto, que no espera de nosotros escuela pública o Estado Docente, menos industrialización por sustitución de importaciones ni otras hierbas, pero que está ahí, esperando por algo, por alguien. Decir que sólo espera por nosotras, nosotros es de suyo imprudente y ególatra, pero sí es preciso indicar que además de otras cosas y otras personas, también por nosotros y nosotras, espera.
El desafío está en la creación de políticas públicas eficiente, con efectos que sean tangibles sobre todo para los más cadenciados en cada una de las esferas de la vida en sociedad. La utilidad de un programa o de una inyección presupuestaria debe verse enterada en la medición de índices de satisfacción ciudadana. Coeficientes más, curvas de estandarización menos, todos buscamos lo mismo: un mejor pasar por la vida que intentamos construir. Ahí radica nuestra capacidad inventiva de inventarnos y reinventarnos, al menos a eso es lo que a mí la política me incentiva.
Ese es el sentimiento que genera la actividad pública de quienes buscan en la política partidista la vía para enfrentar los problemas país. Esa es, por fin, el ánimo de incentivar a crear en forma integral desde la imaginación a la praxis, pasando por todas las estaciones y procesos necesarios para dar soluciones firmes y sensatas al tiempo de ir construyendo una mejor manera de vivir la vida en el colectivo pues, como decía más arriba y citando ya no sé si Aristóteles o Bon Jovi, ningún hombre es una isla.


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