12 February 2007

EL PROBLEMA DE LA DESIGUALDAD

Por J. Bradford DeLong.Profesor de economía en la Universidad de Berkeley. Fue Secretario asistente del Tesoro de EE.UU. durante el gobierno de Clinton. Publicado por proyect-syndicate
¿Cuánto nos debería preocupar la desigualdad? Para responder a esa pregunta, es necesario que primero respondamos otra: "¿En comparación con qué?" ¿Cuál es la alternativa frente a la cual evaluar el grado de desigualdad que vemos?
Florida es una sociedad mucho más desigual en lo material que Cuba. Pero la manera correcta de mirar la situación –si Florida y Cuba son nuestras alternativas- no es decir que Florida tiene demasiada desigualdad, sino que Cuba tiene demasiada pobreza.
A nivel global, es difícil argumentar que la desigualdad es uno de los mayores problemas político-económicos del mundo. Al menos para mí, es difícil imaginar acuerdos o políticas económicas alternativas que en los últimos cincuenta años habrían podido transferir una porción significativa de la riqueza de las naciones ricas a las naciones pobres de hoy.
Puedo imaginar con facilidad alternativas, como victorias comunistas en las elecciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial en Italia y Francia, que habrían hecho que las naciones del norte rico se hubieran empobrecido. También puedo imaginar alternativas que habrían enriquecido naciones pobres: si Deng Xiaoping se hubiera convertido en líder de China en 1956 en lugar de en 1976, el truco se habría hecho en esa parte del mundo. Sin embargo, las alternativas que hubieran hecho más rico al sur al precio de reducir la pobreza del norte habrían exigido una completa revolución en la psicología humana.
Tampoco nos debería inquietar demasiado el que algunas personas sean más ricas que otras. Algunas trabajan más que otras, aplican su inteligencia con mayor habilidad, o simplemente han tenido la suerte de estar en el lugar correcto en el momento adecuado. Pero no veo qué correcciones político-económicas alternativas se podrían hacer para que la riqueza de las personas corresponda más estrechamente a su mérito o moral relativos. Los problemas que se pueden abordar son los de la pobreza y la seguridad social -es decir, proporcionar una red de seguridad-, no los de la desigualdad.
Sin embargo, a nivel de las sociedades individuales, creo que la desigualdad sí es el germen de graves problemas político-económicos. En los Estados Unidos, en las últimas tres décadas las personas con títulos universitarios de cuatro años ganaron en promedio de un 30% a un 90% más que quienes no habían ido a la universidad, ya que las necesidades de habilidades de la economía han superado la capacidad del sistema educacional de satisfacerlos. Puesto que las habilidades adquiridas a través de la educación formal se han vuelto relativamente más escasas, ha aumentado la diferencia de ingresos debido a la educación, generando una distribución más desigual de la renta y la riqueza.
Ceci Rouse y Orley Ashenfelter de la Universidad de Princeton plantean que no encuentran señales de que quienes reciben poca educación lo hagan porque ésta no les resulta redituable: en todo caso, los beneficios económicos de un año adicional de educación parecen ser superiores para quienes obtienen poca educación que para quienes reciben mucha. Un esfuerzo mayor por elevar el nivel educacional de Estados Unidos habría hecho más rico al país y producido una distribución más equitativa del ingreso, al hacer más abundantes a los trabajadores educados y más difícil de encontrar a los trabajadores menos capacitados y, en consecuencia, elevando su valor en el mercado.
De manera similar, los directores ejecutivos de las corporaciones estadounidenses y sus colaboradores cercanos ganan hoy diez veces más que los de la generación anterior, lo que no se debe a que sus habilidades de gestión y negociación y su empeño en el trabajo sean diez veces más valiosas hoy, sino porque otros actores corporativos se han vuelto menos capaces de evitar que los altos gerentes y financieros capten una proporción mayor del valor añadido. En todas partes es posible encontrar patrones similares. Dentro de cada país, el aumento de la desigualdad que hemos visto en la generación pasada es predominantemente el resultado de insuficiencias en la inversión social y cambios en las regulaciones y expectativas, y no ha estado acompañada por una aceleración del índice general de crecimiento económico. En su mayor parte, pareciera que estos cambios en la economía y la sociedad no han producido más riqueza, sino sólo una redistribución hacia arriba de la riqueza: una exitosa lucha de clases de derechas.
Este tipo de desigualdad debe ser motivo de preocupación. Bill Gates, Paul Allen, Steve Ballmer y los demás millonarios y multimillonarios de Microsoft son personas brillantes, con iniciativa y es justo que sean ricos. Pero únicamente el primer 5% de su riqueza se puede justificar como un incentivo económico para estimular el espíritu de empresa y la iniciativa. El siguiente 95% crearía mucha más felicidad y oportunidades si se dividiera de manera pareja entre ciudadanos estadounidenses o de otros países, en lugar de que aquellos consumieran cualquier proporción de ella.
Una sociedad desigual no puede evitar ser una sociedad injusta. El elemento más importante que los padres intentan adquirir en cualquier sociedad es un buen comienzo para sus hijos. En consecuencia, las sociedades que prometen igualdad de oportunidades no se pueden permitir que la desigualdad de resultados se vuelva demasiado grande.

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